Asmitā Òscar Pujol, autor del diccionario sánscrito catalan

Sorprende, a primera vista, que se utilice una palabra que significa «egoidad» para nombrar una asociación de yoga. Palabras como samādhi (contemplación), sādhana (práctica), dhyāna (meditación), āsana (postura), prāṇāyama (control de la respiración), dhāraṇā (concentración), kaivalya (aislamiento, liberación) o siddhi (poder yóguico), para enumerar solo unas cuantas posibles candidatas, parecerían más idóneas. Sin embargo, si nos paramos a reflexionar nada parece más adecuado, incluso más honesto, que utilizar el nombre de asmitā para ese propósito. El motivo es que la asmitā es nuestro punto de partida, el auto-reconocimiento de uno mismo, la conciencia del «yo soy» (aham asmi) como origen de la individualidad y como su núcleo más profundo.
 
La percepción que tenemos de nosotros mismos es la de un cuerpo dotado de mente, de un mente rectora que dirige el cuerpo y que al mismo tiempo depende de él, al igual que un conductor dirige un vehículo y al mismo tiempo depende de ese vehículo para poder desplazarse. La mente es un máquina eficiente capaz de captar los datos externos, procesarlos, guardarlos en la memoria y emitir respuestas calculadas según los estímulos que recibe. Para calcular estas respuestas la mente tiene que poseer una identidad auto-reflexiva (asmitā), que se reconozca a sí misma como una unidad permanente detrás de las percepciones siempre cambiantes. Esta identidad auto-reflexiva es capaz de tomar decisiones gracias al poder decisorio del intelecto (buddhir niścayātmikā). Nada más adecuado, pues, que empezar por el principio, la asmitā.
 
La asmitā es el origen de nuestra pequeña individualidad. A partir de ahí se inicia un largo recorrido hasta la superación definitiva del “sentido del yo” que propone el yoga de Patañjali. Aunque el yoga exige la superación del yo, el yo continua siendo durante la práctica del yoga el único instrumento para avanzar en esa superación. Se trata de una paradoja deliciosa: para quitar una espina se necesita otra espina y el fuego se apaga con fuego. Solo un ego refinado por el yoga podrá vencer al ego tosco, dominado por las emociones y los intereses mezquinos. La verdadera «auto-superación», el superarse a sí mismo no es batir el propio récord, sino descubrir la futilidad de todo récord cuando el yo deja de existir y la conciencia se desgaja de esa individualidad centrada en sí misma y en pugna perpetua con el exterior. La superación del yo es su misma disolución para descubrir que la verdadera identidad no está ni en la semejanza ni en la diferencia, ni en la ganancia ni en la pérdida, sino en la fusión de lo mío y lo tuyo en la apacible (śānta) luz de la conciencia.
 
La mayoría de los practicantes de yoga no pretenden superar el yo, como propugnaba Patañjali, sino hacerlo más sano y más atractivo, para que ese yo identificado con la mente y con el cuerpo, sea mejor, viva mejor y por más tiempo. Es un deseo lícito y natural y sin embargo el practicante de yoga debería por lo menos conocer las ideas de Patañjali respecto a lo que llamamos “el sentido del yo”, la asmitā. La práctica del yoga cobrará entonces otra dimensión y el practicante entenderá mejor la relación entre el cuerpo y la mente y entre la mente y su verdadera identidad, su «yo» más profundo, la persona, el puruṣa o la luz sepultada en la caverna oscura del cuerpo.
 
Recordemos una vez más que para Patañjali la mente, al igual que el cuerpo, es inconsciente y no es auto-luminosa (na tat svābhāsaṃ dṛśyatvāt YS 4.19). Patañjali utiliza la metáfora del diamante para referirse a la mente (YS 1.41) . La mente yóguica, liberada de los procesos mentales más toscos, es como un diamante de gran pureza capaz de absorber la luz impoluta de la conciencia y alcanzar estados elevados de contemplación. El diamante, sin embargo, no brilla con luz propia y necesita de una luz que ilumine su transparencia. Esta luz es la conciencia, el puruṣa, el vidente (draṣṭṛ), el testigo de todas las percepciones. Es la mirada que nunca cesa, ni siquiera en el estado de sueño profundo cuando percibe la ausencia absoluta de las cosas. El puruṣa es el ojo siempre abierto que nunca pestañea y que contempla el mundo como una historia interminable. Según las upanishads está luz se encuentra en el loto del corazón, en la parte más interna de cada persona. Presta luminosidad a nuestras percepciones y nos dota de conciencia. Es la luz que, en forma de pensamiento, ilumina nuestra mente incluso cuando estamos en la más completa oscuridad, pues la mente es como un diamante encendido por la luminosidad que se encuentra en el loto del corazón. La luz viene siempre de dentro. Creemos que la mente, pero en realidad somos esa llama interna que nunca se apaga.
 
Se trata de una idea simple, pero que parece contradecir nuestra intuición más básica: la conciencia es un atributo de la mente y es inseparable de ella. Las apariencias engañan: mente y conciencia son cosas distintas. La conciencia no es un atributo de la mente, al igual que la electricidad no es un atributo del ordenador, sino algo intrínsecamente distinto: la fuente de energía que lo hace funcionar. La conciencia es el flujo eléctrico que enciende el ordenador de la mente y que está presente incluso en su estado de reposo, al igual que la conciencia sigue estando presente en el estado de coma o sueño profundo.
 
El objetivo del yoga es precisamente separar la conciencia de la mente (sattva-puruṣa-anyathākhyati) y la confusión de la mente con la conciencia es precisamente la asmitā, el primer fruto de la ignorancia. De la ignorancia (avidyā) nace el sentido del yo (asmitā), del sentido del yo surgen el deseo (rāga) y el disgusto (dveṣa) que junto con sus concomitantes el placer (sukha) y el dolor (duḥkha) configuran el instinto de supervivencia (abhiniveśa) basado en la búsqueda del placer y el rechazo del dolor, en el deseo de vivir y en el miedo a la muerte.
 
El testigo es visión pura, una luz que para brillar no depende de otra luz. Es una luz de luces que para contemplar el mundo material necesita de un instrumento: la mente. Al igual que de noche podemos ver los objetos a la luz de la Luna, del mismo modo con el espejo de la mente, la conciencia puede penetrar en la noche oscura de la materia. La materia es opaca por naturaleza. La conciencia es auto-luminosa como el Sol. La Luna brilla, pero su luz no es distinta de la luz solar. En el fondo es el Sol el que ilumina la noche con el espejo reflectante de la Luna, pero sin ese reflector la noche se sume en la tiniebla más profunda. Del mismo modo la luz de la conciencia reflejada en la mente es capaz de iluminar el mundo. La asmitā es pensar que la Luna brilla con luz propia. La asmitā es confundir la Luna con el Sol.
 
Patañjali define la asmitā como la identidad aparente entre la facultad de la visión y el instrumento de la visión (dṛgdarśanaśaktyor ekātmatevāsmitā YS 2.6). La egoidad es el primer resultado de la ignorancia y es la función que produce la falsa identificación entre la visión y su instrumento. La visión es la misma conciencia del puruṣa, que tiene la capacidad de ver. El instrumento de la visión es el reflejo de la conciencia en la materia que es el origen de la mente. Cuando se produce esta identificación se crea el «sentido del yo» que se ve a sí mismo como una unidad independiente: el diamante cargado de luz acaba pensado que él es el mismo Sol. En realidad la egoidad es inconsciente y solo puede percibir con la luz prestada de la conciencia.
 
El sujeto de la experiencia es el puṛusa, que hace servir la mente como un instrumento para percibir la realidad material. El error fundamental estriba en confundir el instrumento con el sujeto, como si tomásemos la pluma por el escritor o el violín por el violinista. Se trata de un grave error. En la vida real nadie confunde el instrumento por la persona que lo maneja y sin embargo, según Patañjali, ese error fundamental es la raíz de nuestra existencia. Es un engaño intrínseco, consubstancial con nuestro propio ser y en torno al cual construimos toda nuestra vida y nuestra escala de valores. Nuestros miedos y deseos, nuestras ansiedades y certidumbres, nuestros gustos y disgustos giran en torno a este error epistemológico que al mismo tiempo da sentido a nuestra existencia limitada.
Se trata, sin duda alguna, de una idea demasiado atrevida, demasiado alejada de nuestra percepción cotidiana de las cosas, de nuestra razón práctica. Nuestra planificación de la realidad siente vértigo ante una noción que disuelve la misma realidad tal y como la entendemos habitualmente. A pesar de esto, vale la pena prestarle atención, porque entonces empezamos a ver el mundo y a nosotros mismos de una forma distinta. Empezamos a relativizar las cosas y a entender que representamos un papel como Ana, José, Pedro o María en el gran teatro del mundo, pero que somos más que ese papel, somos un actor inmortal que se manifiesta en la luz interior que ilumina todo ese pensamiento. Somos más que un avatar. Somos la persona que asume ese avatar. Eso no significa que tengamos que dejar de representar ese papel o que lo tengamos que representar mal. Al contrario, como el buen actor tenemos que representar ese papel a la perfección, es parte del juego, y lo representaremos mejor si no olvidamos nuestra condición de actor, pues el mejor actor no es el que se deja arrebatar por las emociones que representa, sino el que mejor finge que es arrebatado por esas emociones.
 
En la terminología de Patañjali conviene distinguir entre dos formas de asmitā. Una es la asmitā pura (asmitā-mātra) que en un sentido estricto podríamos traducir como «sentido del yo» o «egoidad» y la otra es la asmitā que es el «yo existencial», el «yo psicológico» identificado con la mente y con el cuerpo y que constituye nuestra pequeña personalidad encerrada en el círculo limitado del cuerpo y de la mente. Este «yo existencial» es que el conoce los objetos externos y afirma «yo soy el conozco, yo soy el que experimenta, yo soy el que actúo, el que se esfuerza, el que posee, el que disfruta, el que sufre».
 
Entender lo que es el «yo existencial» es fácil, pues cada día al despertar lo encontramos de nuevo ahí esperándonos para que le lavemos la cara y alimentemos su estómago. Entender lo que es la asmitā pura es más complicado y exige que volvamos de nuevo a la idea recurrente del reflejo de la luz en el diamante. La mente, o mejor el intelecto como la parte más refinada de la mente, es material y es inconciente por naturaleza, como una lámina de materia sutil y traslúcida capaz de reflejar la luz de la conciencia. Cuando la luz queda atrapada en el diamante limitado del intelecto, la noción de ser un punto luminoso separado del resto es el «sentido del yo o la egoidad», la pura asmitā. Este es un nivel anterior al del «yo existencial» pues la identificación con la cuerpo y con la mente todavía no ha tenido lugar. De hecho Patañjali afirma que la asmitā pura es el origen de la mente y de los sentidos como extensiones de la mente. La mente, por lo tanto, será un ente compuesto por el sentido del yo, el intelecto, la memoria, que formada por las impresiones latentes guarda el depósito kármico, y los sentidos que surgen de la egoidad como riachuelos de un lago.
 
Hay de hecho un tipo de contemplación que se basa en la absorción de la mente en la pura egoidad, en la asmitāmātra (YS 1.36). Según los comentaristas esta meditación se centra en el ya mencionado «loto del corazón» (hṛdaya-puṇḍarika), de ocho pétalos, que se encuentra entre el abdomen y el pecho. Este loto está cerrado hacia abajo y se abre mediante la práctica de la retención de la respiración (recaka). Dentro de este loto se encuentra la luz interior, que como ya hemos dicho es el origen de la luminosidad de todas las percepciones mentales. Meditando sobre esta luz el practicante llega a una absorción total con el origen de la mente, que no es sino el «sentido del yo» o asmitā en estado puro.
 
Esta absorción de la mente en su propio origen es como un recogimiento de todas las potencias mentales en un solo punto y produce lo que Romain Rolland llamó «el sentimiento oceánico»: la simple y directa sensación de eternidad, de unión con el universo, de una calma inmensurable, sin límites, como si el «yo» se hubiera expandido hasta ocupar el mundo entero, como un gran océano tranquilo, sin olas, inmenso (tathāsmitāyāṃṃ samāpannaṃṃ cittaṃṃ nistaraṅṅgamahodadhikalpaṃṃ śāntam anantam asmitāmātraṃṃ bhavati VBh 1.36) .
 
Podemos ahora entender toda la riqueza de la asmitā. Empezando desde abajo como nuestro pequeño yo existencial que acude a las clases de yoga para mejorar el funcionamiento del cuerpo y de la mente. Nuestra asmitā es el practicante que corrige las malas posturas corporales, que depura la mente de las emociones negativas y se aplica en el ejercicio de una disciplina psicofísica que acabará mejorando sensiblemente su calidad de vida. La concentración producida por la práctica del yoga produce una luminosidad corporal y mental que lo convertirán en una persona más sana y creativa. Este es el primer estadio de la asmitā. Si se atreve y sigue subiendo por la escalera del sujeto llegará hasta la asmitā pura, ese gran yo, el origen del individuo, ese lago en calma de donde brotan los riachuelos de la mente y los sentidos, y podrá en una contemplación gozosa, superar las frustraciones cotidianas del yo existencial.
 
Para ir más allá de esa asmitā pura, inmensa como una océano sin orillas, se necesita mucho más que un profesor de yoga. Se requiere un maestro espiritual capaz de llevar al discípulo por un camino que no ha sido trazado, por una región no cartografiada donde los ojos no ven, donde la razón no guía. Por eso he dicho que es muy honrado poner el nombre de asmitā a una asociación de profesores de yoga, porque si un profesor de yoga consigue que el practicante vislumbre el origen de su mente, habrá conseguido mucho más que un mero bienestar físico y rendirá el mejor homenaje que se le puede hacer a Patañjali, el gran maestro del yoga.